
Hace unos días me di cuenta de algo incómodo. Había esperado una cola de varios minutos y no recordaba ni un solo segundo de espera. Ni una pared. Ni una conversación ajena. Ni un pensamiento interesante. Había cogido el móvil.
Me pasa más veces de las que me gustaría reconocer. Como si cualquier hueco vacío necesitara ser llenado inmediatamente.
Y me pregunté algo: ¿en qué momento dejamos de aburrirnos? Porque quizá el aburrimiento no era ese enemigo que intentábamos evitar de pequeñas. Quizá era otra cosa. Quizá era espacio. En este post, te voy a hablar de las bondades de aburrirse. Sí, sí, no cambies de pantalla. Va, quédate.
Antes nos aburríamos…
Ahora nos distraemos. No sé tú, pero yo recuerdo aburrirme de pequeña. En casa de mis abuelos, las mañanas de verano; o muchas tardes, entre terminar los deberes y la hora de la cena. Me gustaba a dónde dirigía ese aburrimiento.
Mirar por la ventana del coche. Dibujar. Inventar historias. Dar vueltas por casa. Sentarme en mi silla de escritorio sin hacer nada especialmente útil.
Hoy, en cambio, cualquier instante libre parece una oportunidad para consumir algo. No es necesariamente malo. Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento, tanta música o tantas conversaciones interesantes. Pero hay una pregunta que se eleva entre el ruido y la riada de información:
¿Estamos dejando espacio para pensar?
La antesala de las buenas ideas
Hay algo curioso, muchas de nuestras mejores ideas aparecen cuando no estamos intentando tenerlas:
En la ducha. Caminando. Mirando el mar. Ordenando una habitación. Mis mejores escritos siempre asoman cuando estoy a punto de dormirme.
Nuestro cerebro necesita momentos de aparente inactividad para conectar ideas, ordenar recuerdos y crear. Y aquí aparece una idea que me gusta mucho:
No todos los momentos tienen que ser productivos. Y la subrayo, porque me cuesta una barbaridad aceptarlo (¡díselo a mi agenda!). Algunos solo tienen que estar vacíos.
El experimento de Ed
Hace años, Ed Sheeran contó que eliminó el uso habitual del móvil y pasó a comunicarse principalmente por correo electrónico. Decía que se sentía constantemente disponible, distraído y agotado mentalmente.
No buscaba desconectar del mundo. Buscaba recuperar atención.
Me parece interesante porque no hablamos de alguien poco conectado con la realidad. Hablamos de alguien cuya carrera depende precisamente de estar expuesto.
Y aun así decidió reducir el ruido. No hace falta llegar tan lejos.
Pero quizá sí preguntarnos: ¿Cuántos momentos del día vivimos sin una capa extra de estímulo?
Recuperar el espacio muerto
No propongo dejar el móvil. Ni vivir como en 1998 (aunque no te creas que no me gustaría más de un día).
Te propongo recuperar pequeños espacios:
— Esperar sin sacar el teléfono.
— Caminar sin auriculares.
— Leer sin cambiar de pestaña.
— Tomar café sin hacer otra cosa.
Volver a aburrirse un poco.
Porque quizá ahí sigue escondida una parte de nosotros.
“La atención es la forma más rara y pura de generosidad.”
Simone Weil
Últimamente tengo la sensación de que queremos llenar tanto la vida que nos olvidamos de habitarla.
Y quizá el aburrimiento no era una pérdida de tiempo.
Quizá era el lugar donde aparecían las preguntas importantes.
Las ideas.
The historias.
Nosotros.
See you soon and happy reading!
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