
Pues me parece que se ha quedado una tarde estupenda para escribir. O para leer. No sé si será la nueva chimenea que decora el salón y nos hipnotiza con su fuego y su calor, o que desde el año pasado tengo una nueva adicción no diagnosticada. Pero si no escribo, casi siento que no vivo. Vaale, soy una exagerada. ¿Pero alguien por ahí que me entienda? Desde que escribo (casi) todos los días, percibo la vida de otra forma.
En este post, vengo a escribirte a ti. Sí. A hablar por fin de todo lo que nos quedó pendiente. Espero que lo entiendas. Y si nada te suena ni un poquito, será que sólo estoy jugando con las palabras a creer, a crear. Y a ver qué pasa.
(Ya no) me acuerdo…
Me acuerdo de la luz mágica de esa mañana londinense. Me acuerdo del fresquito tan agradable que hacía. Me acuerdo de la chaqueta roja que llevaba puesta y de lo suaves que eran los interiores de sus bolsillos. Me acuerdo de mi montaña rusa emocional. Ahora feliz, ahora triste, subiendo y bajando sin parar. No me acuerdo de si llevaba o no las uñas pintadas. Me acuerdo del hotel boutique que había reservado para dos y en el que entré sola. Me acuerdo de los mensajes a Oriol, con ilusión casi adolescente. Ahora veo que llenaban un vacío que debía aprender primero a gestionar. No me acuerdo de qué comí ese día. Me acuerdo de mi sensación de empoderamiento absoluto, caminando sola por Camden Town. Me acuerdo de las botas militares color burdeos que compré en una tienda de segunda mano. Las llevé muchos años después, hasta que se pelaron las puntas y se despegó la suela. Me acuerdo del grupo que encontré cantando a capella (igual eso es porque está grabado en vídeo en mi Instagram). Me acuerdo de mi necesidad de hablar con alguien. Me acuerdo de lo feliz que estuve cuando Carlota respondió a mis mensajes. No me acuerdo de si escribí a Pablo en algún momento. Creo que no. Espero que no.
Me acuerdo de bordear el Támesis. No me acuerdo de los cuadros del British Museum que vi. Me acuerdo del momento en que abracé a Carlota, como si fuera mi amiga del alma a la que hace meses que no veía. Excepto por la parte que no era mi amiga del alma. No me acuerdo de la zona en la que estaba su casa. Me acuerdo de su habitación. Ordenada, pero llena de ropa. Me acuerdo del momento taxi yendo hacia el club del Soho a celebrar su cumpleaños. Me acuerdo de nuestras risas mientras nos pintábamos los labios de rojo. Me acuerdo de su grupo de amigos. No me acuerdo de cómo era el local. Me acuerdo de lo bien que sabían los margaritas. Me acuerdo de las conversaciones con el novio de Carlota por aquel entonces y con sus amigas. No me acuerdo de las canciones que sonaron. Me acuerdo de que no podía parar de bailar ni de reír con el azúcar del margarita bordeándome los labios rojos. Me acuerdo del taxista que me llevó a casa. Me acuerdo de lo bien que me sentí entrando en mi habitación para dos, sola.
Me acuerdo de estar la mañana siguiente caminando por el centro. No me acuerdo de dónde estaba ese paso de peatones. Pero sí me acuerdo del momento revelador en el que, por inercia, miré hacia la izquierda y vi en el suelo el aviso, en letras grandes y blancas, LOOK RIGHT. Eso es. Llevaba toda mi vida mirando hacia la izquierda, y la respuesta estaba justo en la otra dirección. Qué difícil es cambiar la inercia, cambiar de hábitos, salir del bucle del amor tóxico, adictivo, dañino, dependiente, manipulador. Con querer no es suficiente, especialmente si se ha querido mal. Últimamente nos queríamos fatal. El ejemplo de cómo no querer. Cómo no tener una relación sana. Ana, deja ya de mirar hacia la izquierda. Mira a la derecha. Ahí está. Qué futuro más maravilloso se divisa ahí a lo lejos. No hay viento favorable para quien no sabe a dónde va. Pero yo, ese día, supe sin lugar a dudas a dónde iba. Y, de nuevo, acabado el rojo, empecé a andar.
¡Nos leemos!
1 comentarios en «Bolsillo escritos. Te escribo a ti, hoy.»